«Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo». Esta frase, atribuida a Friedrich Nietzsche y popularizada posteriormente por Viktor Frankl, encierra una de las claves más importantes para entender por qué algunas personas consiguen mantener hábitos saludables durante años mientras otras abandonan una y otra vez en el intento.
Esta idea conecta también con uno de los mensajes centrales del libro Ikigai, de Francesc Miralles y Héctor García. Las personas que encuentran una razón para levantarse cada mañana, un propósito que da sentido a sus acciones cotidianas, suelen disfrutar de una vida más plena, saludable y longeva. Y no porque tengan más fuerza de voluntad que los demás, sino porque sus decisiones están alineadas con algo que consideran importante.
¿Te cuesta mantener los hábitos saludables? Seguramente pienses que si fueras más constante conseguirías entrenar más a menudo, comer mejor o dormir más horas. Pero el problema no es que te falte disciplina, motivación o capacidad de sacrificio.
Lo que suele faltar es una razón lo suficientemente poderosa para mantener ese esfuerzo cuando aparecen el cansancio, la falta de tiempo o los imprevistos. Es decir, para decidir entre el sofá o las zapatillas de deporte, entre la ensalada o la hamburguesa, entre la serie y acostarte temprano.
El poder de tener un porqué

Llevamos buscando el sentido de la vida desde los albores de la humanidad. Y, en ocasiones, es en las circunstancias más duras cuando aflora ese para qué y se convierte incluso en el motivo de nuestra supervivencia.
Viktor Frankl llegó a esta conclusión tras su experiencia en los campos de concentración nazis, quienes encontraban un sentido a su existencia soportaban mejor circunstancias extremas. A partir de esa observación desarrolló la logoterapia, basada en la necesidad humana de encontrar significado en la vida.
Este principio también se aplica a nuestros hábitos cotidianos. No es lo mismo salir a caminar porque «deberías hacerlo» que hacerlo porque quieres mantenerte en forma, cuidar tu salud y tu mente o tener más energía para disfrutar de las personas que quieres.
La acción es exactamente la misma, pero la motivación que hay detrás es completamente diferente. Sin ese porqué, muchos dejarán de caminar. Con él, otros saldrán cada día motivados y satisfechos.
La realidad es que, cuando conectamos nuestros hábitos con algo que tiene un significado personal, dejamos de verlos como obligaciones y empezamos a percibirlos como herramientas para construir la vida que queremos vivir. Y, además, disfrutamos mucho más del proceso.
Diferencias entre la motivación extrínseca y la intrínseca
¿Por qué algunos motivos nos impulsan durante unas semanas y otros consiguen sostenernos durante años? La respuesta está en la psicología, que distingue entre motivación extrínseca y motivación intrínseca.
La motivación extrínseca aparece cuando hacemos algo para obtener una recompensa externa, desde dinero hasta reconocimiento, o para evitar una consecuencia negativa. Por ejemplo, hacer ejercicio y ponerse a dieta para perder peso antes del verano, comer sano para encajar en determinados estándares estéticos o apuntarse a una actividad por presión social.
Cuando los resultados tardan en llegar, surge una lesión, aparece el cansancio o desaparece la recompensa inmediata, la motivación también se esfuma y abandonamos.
La motivación intrínseca, en cambio, nace de motivos más profundos. Está relacionada con nuestros valores, nuestras convicciones y la persona que queremos ser. Cuando la motivación está sostenida por algo importante para nosotros, no entrenamos o comemos sano únicamente para cambiar nuestro cuerpo.
Lo hacemos porque valoramos nuestra salud, energía y bienestar. Tampoco intentamos dormir mejor porque alguien nos lo diga. Lo hacemos porque entendemos que cuidar nuestro descanso forma parte de cuidarnos a nosotros mismos.
Se trata de una forma de respeto y cuidado personal que refuerza nuestro bienestar a largo plazo.
La motivación intrínseca es la que realmente se mantiene en el tiempo, porque deja de sentirse como una obligación y pasa a vivirse como una expresión natural de aquello que consideramos importante. Cuando existe esa convicción profunda, las excusas pierden fuerza porque entendemos perfectamente el valor de nuestras acciones.
¿Por qué la disciplina sola no es suficiente para mantener un hábito?
La disciplina es una herramienta valiosa y ayuda mucho a mantener nuestros hábitos, pero muchas veces se sobrevalora. Muchas personas intentan sostener hábitos saludables a base de autocontrol y sacrificio, por lo que terminan frustrándose cuando no consiguen mantenerlos.
La realidad es que la fuerza de voluntad es un recurso limitado. Hay días en los que estamos cansados, preocupados o desbordados, y en esos momentos resulta mucho más difícil tomar buenas decisiones y mucho más fácil encontrar excusas para abandonar.
Si dependemos exclusivamente de la disciplina, los hábitos acaban convirtiéndose en una carga difícil de sostener. En cambio, cuando existe un propósito claro, la decisión requiere menos esfuerzo. El hábito deja de ser algo que hacemos porque debemos hacerlo y pasa a convertirse en algo coherente con quienes somos y con la vida que queremos construir.
Que la motivación sea intrínseca no significa que desaparezcan las dificultades, pero sí aporta razones más sólidas para superarlas sin abandonar.
La relación entre propósito, identidad y hábitos

Uno de los factores que más influye en la adopción y el mantenimiento de nuestros buenos hábitos a largo plazo es la identidad. ¿Qué quiere decir esto? Que las personas mantienen los hábitos durante años no porque estén motivadas todos los días, sino porque esos hábitos forman parte de quiénes son.
Te ponemos un ejemplo para que lo entiendas mejor, es muy distinto decir «quiero correr una carrera» que «soy una persona activa». También es diferente pensar «quiero adelgazar» que entender que eres una persona que cuida de su salud.
Cuando un hábito se integra en nuestra identidad, lo hacemos porque encaja con nuestra manera de entender la vida y con la persona que aspiramos a ser. Por eso los hábitos más duraderos son aquellos que están conectados con valores y creencias profundas, más que con objetivos concretos o temporales.
¿Cómo construir un porqué sólido?
En Ikigai, Miralles y García explican que las personas más longevas del mundo no suelen perseguir grandes metas extraordinarias. Lo que les proporciona bienestar es tener una razón para levantarse cada mañana y sentirse conectadas con algo que consideran valioso. Ese propósito puede consistir en cuidar de su familia, mantener una afición, ayudar a otros, seguir aprendiendo o disfrutar de una vida activa y de los pequeños momentos.
Llevado al terreno de los hábitos, esto significa que antes de preguntarnos cómo ser más constantes quizá deberíamos preguntarnos para qué queremos cambiar y para qué queremos adoptar ese hábito. ¿Queremos hacer ejercicio para perder algunos kilos o porque queremos llegar a los setenta u ochenta años con autonomía y energía? ¿Queremos comer mejor para vernos mejor en bañador o porque valoramos nuestra salud y nuestro bienestar a largo plazo?
Cuando encontramos respuestas sinceras a estas preguntas, nuestros hábitos dejan de depender tanto de la motivación del momento. Dejamos de perseguir un resultado y empezamos a construir una forma de vivir coherente con nuestros valores.
Por eso, una de las mejores estrategias para sostener hábitos saludables a largo plazo consiste en conectar cada acción cotidiana con algo más grande que ella misma. Así, el entrenamiento deja de ser solo entrenamiento y la alimentación deja de ser solo alimentación. Ambos se convierten en herramientas que nos permiten disfrutar de la vida que queremos vivir.
Cuando el motivo está claro, el camino se vuelve más sencillo
Entrenar de forma regular, comer mejor, descansar adecuadamente o mantener cualquier hábito saludable requiere esfuerzo, al menos al principio. No existen atajos ni fórmulas mágicas. Sin embargo, existe una gran diferencia entre avanzar sin rumbo o hacerlo guiados por un propósito claro.
La filosofía del ikigai nos recuerda que la perseverancia no nace de una fuerza de voluntad infinita, sino de encontrar significado en aquello que hacemos cada día. Cuando nuestros hábitos están en sintonía con nuestros valores y con la vida que queremos construir, dejan de ser una obligación para convertirse en una expresión natural de quiénes somos. Y eso proporciona una enorme satisfacción, reforzando todavía más la motivación.
Como has visto, la diferencia entre abandonar y perseverar rara vez depende únicamente de la fuerza de voluntad. Cuando sabemos por qué queremos entrenar, descansar o alimentarnos mejor, el esfuerzo pesa menos y las decisiones resultan más coherentes con nuestros valores. Al final, los hábitos que perduran son aquellos que tienen un significado real para nosotros.