Nuestro cuerpo es una máquina muy compleja compuesta por un sinfín de sistemas que se relacionan entre sí e interactúan para mantener el equilibrio necesario para su supervivencia. Por eso es importante tener una visión más holística de la salud física y mental y no reducirlo todo a un planteamiento excesivamente compartimentado del organismo, en el que se buscan soluciones independientes que, en muchos casos, tratan de mitigar síntomas sin profundizar en las causas reales de un problema.
Y con la salud hormonal, una gran desconocida para muchas personas, pasa exactamente lo mismo. Solemos centrarnos en exceso en una hormona concreta sin ser conscientes de que forma parte de una compleja red de señales que trabaja de manera coordinada.
Existen, además, grupos hormonales con relaciones especialmente estrechas y reacciones en cadena. Un ejemplo es el de la leptina y la insulina, que a su vez influyen sobre las hormonas sexuales; el de la propia insulina y la melatonina; o el de la adrenalina y el cortisol. Y, por supuesto, también las hormonas producidas por la glándula tiroides.
Antes de centrarnos en algunas de las hormonas que más interés generan y que suelen estar rodeadas de mitos y simplificaciones, conviene recordar que las hormonas son mensajeros químicos que viajan a través del torrente sanguíneo hacia órganos y tejidos para regular funciones esenciales del organismo. De ahí que mantener un correcto funcionamiento hormonal sea fundamental para el bienestar.
La testosterona no es lo que parece

La testosterona es la principal hormona sexual masculina, aunque no es exclusiva de los hombres, ya que también está presente, en menor proporción, en las mujeres. Se produce principalmente en los testículos, los ovarios y las glándulas suprarrenales y es importante porque, más allá del desarrollo de las características sexuales masculinas, la producción de esperma o el deseo sexual, también desempeña un papel fundamental en la salud musculoesquelética, el estado de ánimo, los niveles de energía e incluso el rendimiento cognitivo.
De hecho, es tan importante que algunas investigaciones, como la publicada en Annals of Internal Medicine, asocian niveles bajos de testosterona con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular y mortalidad por cualquier causa.
Por ese motivo, cuando pensamos en testosterona resulta erróneo reducirla únicamente a cuestiones relacionadas con la estética física o asociarla a determinados estereotipos de comportamiento. Su influencia va mucho más allá.
Lo que ocurre con esta hormona es que, a medida que envejecemos, sus niveles descienden gradualmente, aproximadamente entre un 1 % y un 2 % cada año. Esa reducción puede tener implicaciones importantes, como la pérdida de masa muscular, una menor densidad ósea, una peor recuperación física, episodios de fatiga o determinadas dificultades relacionadas con la atención y la memoria.
La buena noticia es que podemos influir en el mantenimiento de unos niveles adecuados de testosterona. Más allá de algunas terapias médicas o de determinados suplementos, que siempre deben contar con la supervisión de un profesional, la salud hormonal depende en gran medida de los hábitos. Un estilo de vida activo en el que el entrenamiento de fuerza forme parte de la ecuación, una alimentación equilibrada y una correcta gestión del descanso y del estrés son elementos fundamentales.
De hecho, la testosterona es especialmente sensible a la privación de sueño y a los horarios irregulares. Una vez más, los grandes pilares de la salud siguen desempeñando un papel protagonista.
Cortisol: el nuevo villano

A pesar de lo que hayamos escuchado, visto o leído, debemos tener una cosa clara, el cortisol no es el malo de la película. Se trata de una hormona producida en las glándulas suprarrenales que, aunque es conocida popularmente como la «hormona del estrés», desempeña un papel esencial en nuestro funcionamiento diario.
Entre otras funciones, participa en la regulación del metabolismo, el sistema inmunitario, la presión arterial y el ciclo sueño-vigilia. Además, sigue un patrón circadiano natural, sus niveles aumentan por la mañana para ayudarnos a activarnos y disminuyen por la noche para favorecer el descanso.
Muy relacionada con la adrenalina, la hormona que nos hace entrar en modo de «luchar o huir», el problema no es el cortisol en sí mismo, sino el contexto en el que vivimos. Lo que para nuestros ancestros eran situaciones puntuales de amenaza que se resolvían rápidamente, hoy se ha transformado en un estrés más persistente derivado de las responsabilidades laborales, familiares y de un ritmo de vida acelerado.
Pero el cortisol sigue cumpliendo funciones fundamentales. Es clave para movilizar energía, mantener la presión arterial, responder ante infecciones y afrontar desafíos físicos o mentales. Sin esta hormona, sencillamente, no podríamos vivir.
Por eso, la clave no consiste en bajar el cortisol a toda costa, como a menudo se plantea en redes sociales, sino en favorecer una regulación adecuada. Es normal que sus niveles aumenten cuando necesitamos activarnos y que disminuyan cuando llega el momento de descansar.
Y aquí vuelven a entrar en juego los hábitos. Dormir bien, practicar técnicas de relajación o meditación, introducir momentos de desconexión tecnológica, moderar el consumo de estimulantes cuando sea necesario y realizar ejercicio físico sin caer en el sobreentrenamiento son algunas herramientas que ayudan a gestionar mejor la carga de estrés acumulada.
Porque, en realidad, el problema rara vez es el cortisol. El verdadero desafío suele ser el estrés crónico que altera su funcionamiento normal.
Tiroides: mucho más que peso corporal

También debemos hablar de la tiroides, una glándula situada en el cuello que produce principalmente dos hormonas: la T4 o tiroxina y la T3 o triyodotironina.
La T4 actúa principalmente como una hormona precursora, mientras que la T3 es la forma biológicamente activa. De hecho, buena parte de la hormona tiroidea activa utilizada por el organismo procede de la conversión de T4 en T3 que tiene lugar dentro de las propias células.
Una vez producidas, estas hormonas participan en multitud de funciones. Ayudan a regular el metabolismo, la energía, la temperatura corporal, la frecuencia cardíaca y el aprovechamiento de nutrientes. También desempeñan un papel fundamental en el desarrollo y funcionamiento del sistema nervioso.
Por eso es un error pensar que la tiroides solo influye sobre el peso corporal. Aunque las alteraciones tiroideas pueden modificar el gasto energético y favorecer cambios de peso, sus efectos van mucho más allá.
Las hormonas tiroideas también intervienen en el rendimiento cognitivo, el estado de ánimo, la salud digestiva y la absorción de determinados nutrientes. Alteraciones mantenidas en el tiempo pueden favorecer situaciones como anemia, déficit de vitamina B12 u otros problemas relacionados con el aprovechamiento de micronutrientes.
¿Qué situaciones pueden dar lugar a problemas relacionados con la tiroides? Entre las más habituales se encuentran las enfermedades autoinmunes. Un ejemplo es la enfermedad de Graves, caracterizada por un exceso de función tiroidea o hipertiroidismo. En el extremo opuesto encontramos la tiroiditis de Hashimoto, una de las causas más frecuentes de hipotiroidismo.
Como ocurre con muchas enfermedades autoinmunes, las mujeres presentan un mayor riesgo de desarrollarlas.
Los síntomas asociados a estos trastornos son muy variados y, en muchos casos, requieren valoración médica y tratamiento farmacológico. Por eso resulta importante evitar el autodiagnóstico y acudir a un especialista ante cualquier sospecha.
En cuanto a los hábitos, mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física de manera regular y gestionar adecuadamente el estrés contribuye a crear un entorno favorable para la salud general y hormonal.
Por último, no podemos hablar de la glándula tiroides sin mencionar la calcitonina, una hormona menos conocida cuya función principal consiste en ayudar a regular los niveles de calcio en sangre y contribuir al mantenimiento de la salud ósea. Aunque suele recibir menos atención que la T3 y la T4, también forma parte del complejo entramado hormonal que mantiene el equilibrio del organismo.
Como hemos deslizado en varias ocasiones, resulta necesario adoptar una visión integral de la salud y también de la salud hormonal. Cualquier alteración en el ambiente hormonal termina influyendo, en mayor o menor medida, sobre otros sistemas y procesos fisiológicos.
Podemos imaginar el cuerpo como una orquesta en la que cada instrumento influye en el resultado final. Cuando uno desafina, el conjunto se resiente. Con las hormonas ocurre exactamente lo mismo: la testosterona, el cortisol y las hormonas tiroideas cumplen funciones diferentes, pero ninguna actúa de forma aislada.
Por eso, antes de obsesionarnos con optimizar una hormona concreta, conviene recordar que factores como el sueño, la alimentación, la actividad física, la exposición al estrés o los ritmos circadianos siguen siendo algunas de las herramientas más poderosas para favorecer un correcto funcionamiento hormonal y, en definitiva, una mejor salud.